Con cinco años y un montón de descalabraduras y trastadas a sus espaldas, Lucio se ha convertido en el principal quebradero de cabeza de la familia. Es la viva antÃtesis de lo que Mario fue en su niñez. Posee la rara habilidad de meterse en trifulcas y lÃos constantemente, usar la imaginación para planificar sus trastadas y poner en un brete al más pintado. No se acobarda ante nadie ni le asusta la velocidad, las alturas ni ninguna clase de bicho. Por contraste, es deferente con los demás y no se ha granjeado ningún enemigo -para él los malos, los de verdad, sólo están en las pelÃculas que Mario le lleva alguna vez a ver al cine Indalo-, y es a su hermano mayor a quien únicamente obedece en todo.
Tuno ha adquirido la costumbre de echarse bajo la silla que ocupa Lucio a la hora de la comida. Cuando escucha hablar al pequeño a menudo se le ve levantar una oreja.
-¿Por qué nunca comemos carne o pescado o fruta, mamá?
Los demás miembros de la familia cruzan una mirada sin dejar de meter la cuchara en la sartén de migas que ocupa el centro de la mesa.
-Porque no tenemos dinero, hijo. Por qué va a ser -hay en la voz de Dolores un matiz de cansada resignación de quien no augura el futuro muy diferente del pasado-. Venga, come y deja de hablar.
Todo es motivo de consulta a la edad de Lucio, una encrucijada que abarca cuanto ve y le rodea.
-¿Y por qué no tenemos dinero?
Andrés, que ya ha dejado de hacerse esa misma pregunta hace mucho tiempo porque la vida es como es y no se puede cambiar por muchas guerras que haya, prefiere ignorarlo y lo manda callar.
-Deja de importunar, Lucio -le dice-. TodavÃa eres demasiado pequeño para preguntar tanto.
-Es por la inflación -intenta aclarar Mario, con un timbre grave de voz que le sobrevino al cumplir los trece años. Se ha convertido en un adolescente tan alto como su padre, de gesto sobrio pero suave y una sombra de bigote sobre el labio superior-. El gobierno se ve obligado a exprimir a la clase trabajadora para mantener a la burguesÃa y poder importar productos elaborados, ya que lo que se exporta son sólo materias primas.
-Ah -contesta su hermano pequeño como si ahora sà le hubieran convencido. Tras unos segundos vuelve a las andadas y dice-: Pues en casa de MarÃa no tienen infracióny guardan todo en una despensa que siempre está llena-llena de cosas: café, leche condensada, aceitunas, harina, garbanzos, tocino, membrillo... Y cuando terminan de comer una mujer que se llama Doncella quita la mesa y fregalos platos.
Ahora Andrés y Dolores suspenden el movimiento del brazo para mirar a su hijo de hito en hito como si acabara de decir algo inconfesable. DeberÃa ser pecado acaparar tanta comida junta en una sola casa, piensa ella, y para no incidir en lo mismo pregunta:
-¿Quién es esa MarÃa? -por toda respuesta Lucio se encoge de hombros-. ¿La conoces tú, Mario?
-Creo que es la hija de un comandante que vive en Las Acacias.
-¿En Las Acacias? -la atención vuelve a recaer en el menor, esta vez un tanto intimidatoria. Entre las patas de la silla Tuno emite un gañido seguido de un bostezo-. ¿Y se puede saber qué se te ha perdido a ti en ese barrio de ricos?
Hasta unos años más tarde no se le denominarÃa barrio, aunque naciera con estas pretensiones. De momento Las Acacias es sólo una avenida asfaltada de chalets adosados y propietarios con automóvil donde está prohibida la venta ambulante.
-Acompañé un dÃa a MarÃa hasta su casa y estuvimos jugando un rato. Luego Doncella me dijo que ya estaba bien de ensuciar lo que ella habÃa limpiado y que no volviera más. Pero MarÃa me abrió la puerta de atrás y nos escondimos en un sitio que se llama buhardilla... ¿Mamá, por qué se llama Doncella esa mujer?
-Se llama asà porque... ese es su trabajo.
La calle Quesada resulta ahora más aburrida que cuando Mario creció en ella. Sobre el pavimento de adoquines no es tan divertido jugar a las canicas, las chapas o improvisar partidos de fútbol con una pelota de trapos, las rodillas se despellejan con sólo rozar el suelo. Las niñas sà han salido ganando con ello, porque las lÃneas de la rayuela resaltan más y es más difÃcil lastimarse un tobillo saltando a la comba ya que se han suprimido todos los hoyos y baches. Los chavales se decantan por otros juegos sin permitir la intromisión de los más pequeños, como cazar ratas con el tirachinas, atar lagartos sobre los raÃles del tranvÃa o descubrir escorpiones entre las piedras para rodearlos con fuego hasta que el bicho, sin salida posible, termina clavándose él mismo su aguijón. DÃas atrás aprovecharon la nobleza de Tuno para hacerle ingerir aguardiente, y el pobre perro estuvo borracho yéndose de un lado para otro casi sin poder tenerse en pie hasta el dÃa siguiente. Ahora no permite que ninguno lo toque, y se pasa confinado en casa la mayor parte del tiempo.
Lucio se ocupa de buscarse sus propias diversiones y se marcha al Mercado Central donde ocurren cosas más interesantes. Sabe cómo recabar la compasión ajena sólo con la mirada para obtener cosas. Hay que permanecer unos minutos muy serio, como alelado o hipnotizado, mirando el objeto codiciado, la cabeza ligeramente ladeada y un hilillo de baba cayéndote por ese lado de la boca. Hay que infundir lástima por esa mirada, como si la posesión del artÃculo en cuestión pudiera curar de una grave enfermedad a tus padres, los amigos y tu perro. Asà consigue a veces alguna manzana, un par o tres de uvas e incluso caramelos, y si te echan con cajas destempladas se cambia de vendedor.
Entrar en el muelle de descarga del Mercado Central no le resulta nada complicado. La verja de entrada permanece abierta para facilitar el paso de vehÃculos a motor y carretas tiradas por asnos viejos y resabiados. Dentro es un guirigay colectivo de hombres acarreando cajas y otros gritando para que se apresuren. Las filas de porteadores son interminables, actualmente se vende mucho y conviene reponer con idéntica rapidez. Mientras camina, Lucio descubre al encargado de la vigilancia del recinto acodado en la barra de una tasca cercana, confiado al no divisar ningún arrabalero por las inmediaciones, quienes acostumbran a saltar la tapia y apoderarse de lo que sea.
Pasa distraÃdo entre los carritos cargados de fruta y hortalizas y los que regresan a cargar, apartándose para no ser arrollado. El último vehÃculo aculado al muelle es un camión de un verde aceitunado y grandes ruedas dobles que está descargando jamones. Lucio se acerca a curiosear.
Un hombre de mandÃbula cuadrada y aspecto campechano se lleva los jamones de dos en dos al interior mientras otro entra en el camión, los desata y regresa de nuevo. Cuando vuelve el primero Lucio pregunta:
-Oiga, señor, ¿me podrÃa dar un jamón?
El otro lo observa de arriba abajo, se sonrÃe y contesta:
-SÃ, hombre... ¡Y dos también!
Comienza a alejarse cargado con los jamones cuando su compañero deja otros dos en el suelo, y a continuación regresa al camión y comienza a desatar otro par. Lucio piensa que dos va a ser demasiado si nadie le ayuda, pero con uno seguro que puede. Salta el muelle, coge el jamón en brazos y se aleja arrastrándolo. Apenas traspasa la verja escucha a sus espaldas a alguien que discute a gritos, y un instante después el guarda abandona la tasca y sale corriendo hacia el final del muelle. Lucio piensa regresar para darle las gracias a aquel señor tan amable, pero no se atreve a dejar el jamón allà solo por si cualquiera se lo roba. Ya lo hará cuando regrese a por el otro.
Un vendedor de caracoles le grita cuando pasa junto a él:
-¡Eh, chico, los jamones son para tenerlos en casa y bajo llave, no para pasearlos por la calle!
Otros le dicen cosas por el estilo y se ofrecen a llevárselo, o que conocen una forma muy sencilla de ponerle ruedas para que le sea más cómodo tirar de él, cosa de un minuto mientras él se sienta a descansar.
Ignora los consejos de esta buena gente para no molestar, y llega por fin a la puerta de casa.
Mucho antes de verlo, ya a Tuno le ha llegado el olor. Sale corriendo y empieza a lamerlo con la alegrÃa concentrada en la cola. Lucio no se molesta en espantarlo, allà hay jamón para todos.
Detrás del perro aparece Dolores para reprenderlo por andar tanto tiempo perdido. A su cara aflora entonces una expresión de espanto que la obliga a olvidar lo que iba a decir. Sus ojos se desorbitan hacia el objeto que viene con su hijo mientras su mano derecha se alza en un esfuerzo por señalarlo.
-Madre del Amor Hermoso. ¿De... de dónde has cogido eso?
La inicial sonrisa confiada y obsequiosa de Lucio se diluye de sus labios para ocupar su lugar un gesto de consternación.
-Me lo dio un señor, mamá. Dijo que cogiera dos, asà que volveré por el otro.
Continúa arrastrando el jamón hasta la cocina y con un esfuerzo consigue dejarlo sobre la mesa. Tuno observa el goloso botÃn sin atreverse a acercarse demasiado.
-¡Tú no irás a ningún sitio! -estalla Dolores en mitad del pasillo cerrándole el paso-. ¿Cómo te van a regalar un jamón, alma de Dios? Pues están los tiempos para eso. Seguro que lo has robado, si te conoceré yo. Ahora mismo lo coges y vas a devolverlo, y le dices a su dueño que... que... Qué sé yo lo que le vas a decir. Nos vas a buscar la ruina, ¿te enteras? Los hijos sólo dais complicaciones. ¡No vuelves a pisar la calle en toda la semana, ladrón!
De nada servirÃa explicarle a su madre que su conciencia no está sólo limpia, sino inmaculada, transparente como el cristal. Las palabras enmudecen antes de concebirlas. Lucio termina echándose a llorar y desaparece sombrÃo hacia su habitación.
Es tanta la inquietud de que en cualquier momento aparezca la policÃa en su casa para interrogarla -es de suponer que un niño de cinco años no actúa solo, y además alguien debe haberle visto-, para imponerles una fuerte sanción o llevárselos a todos presos, que Dolores apenas logra concentrarse en las faenas del hogar. Sale a tender la colada a su cuerda correspondiente, la más cercana al pozo negro; casualmente una vecina se encuentra también tendiendo la suya.
-Buenos dÃas, Dolores -su tono denota una afectividad inusual-. Imagino cómo habrá llegado tu chico después de arrastrar ese jamón por toda la calle. Si hubieras mencionado que lo ibas a comprar yo misma te habrÃa echado una mano, mujer.
Disimular por más tiempo lo que la recome por dentro sólo le produce retorcijones de estómago. Termina por confesarlo todo mientras va poniendo la ropa sobre la cuerda.
-No, si yo no lo he comprado, Paulina. Ya me hubiera gustado a mà -la confidencialidad que destilan sus palabras obliga a la otra a acercarse más-. Este hijo mÃo me ha salido un poco bandolero.
-Entonces... -dice Paulina con un gesto de sus dedos que da a entender el hurto.
-SÃ -asiente pesarosa Dolores-. Y eso es lo que me preocupa.
Paulina ahoga una súbita bocanada de aire con la mano, compone una mueca escandalizada tan perfecta como si ya hubiera sido ensayada.
-¡Jesús, MarÃa y José! -hace por mesurar la voz-. ¿Pero tú comprendes en el lÃo en que os podéis meter todos, mujer? Digo... robar un jamón. Ese es un delito de los más penados por la ley. No digo que os fusilen, pero cadena perpetua seguro.
-¿De veras? ¿Tan grave es?
-Uy, grave... GravÃsimo.
Cubierto con un paño con olor a naftalina, y objeto de furtivas miradas por parte de todos, el jamón reposa plácidamente sobre la mesa de la cocina. Cuando vuelve Andrés de la serrerÃa cuelga la gorra en el respaldo de la silla, levanta el paño y lo baja de nuevo. Se aclara la vista con la mano y lo alza otra vez. No, no son visiones: allà hay un jamón igualito al que él vio unos años atrás.
-¿Dolores? -Ella aparece frotándose las manos en el delantal descompuesta de los nervios-. ¿Y esto...?
-Ah, yo no sé nada -objeta levantando ambas palmas-. Pregúntale a tu hijo de dónde lo ha sacado. Yo no he conseguido que me lo diga.
-¡Mario!
-Él tampoco tiene nada que ver. Ha sido Lucio.
-¿Eh...? -lo que convierte el hecho en más inverosÃmil todavÃa-. ¡Lucio, ven aquÃ!
La interpelación paterna tampoco aclara nada. Se lo ha dado un señor en el mercado, ya se lo ha dicho antes a mamá.
-¿Lo ves? -dice ella tras la sumaria explicación de su hijo-. De ahà no hay quien lo saque.
Sobre los trémulos hombros del benjamÃn de la casa se acomodan dos manos con gesto entrañable y familiar. Sólo Mario serÃa capaz de sonsacarle algo donde otros ya fracasaron.
-Escucha, Lucio -la diferencia estriba en que Mario no le trata como a un niño de cinco años, sino como a un igual-. Sea lo que sea que haya sucedido no estás obligado a ocultarlo, ¿de acuerdo? -Lucio asiente mirando a su hermano-. Cuando te confieses por primera vez deberás contárselo a don Bonifacio, pero si me lo cuentas antes a mà el pecado conllevará menos penitencia. En este caso -continúa con firme delicadeza- las circunstancias son lo de menos, tanto si ha sido regalado, encontrado o sustraÃdo da lo mismo. Lo que verdaderamente cuenta es la verdad, ¿me sigues?
-SÃ.
-Bien. Para aliviar tu conciencia ahora necesitas decir de dónde cogiste ese jamón.
Lucio baja la cabeza de un modo reflexivo, como si optara por una respuesta diferente esta vez. Cuando la alza de nuevo sus ojos están empañados.
-Me lo dio un señor esta mañana donde descargan los camiones en el Mercado Central. Es la verdad, es la verdad...
Acaba encogiéndose sobre sà mismo convertido en un mar de lágrimas por tanta incomprensión. Mario lo atrae hacia sà y Lucio lo abraza por la cintura.
-Bueno, pues no se hable más -media Andrés subrayándolo con una sonora palmada-. Prepara un plato y un cuchillo, Dolores.
Muy lejos de obedecer, ella se abraza al jamón poco menos que horrorizada.
-¿Pero qué te propones hacer, insensato? ¿Acaso no te importa que todos podamos ser condenados?
Averiguar la procedencia del jamón queda relegada ahora a un segundo o tercer plano. La atención de los hijos se centra entonces en la discusión de los padres. Tuno aguarda también bajo la mesa a que se imponga el consenso.
-¿De qué puñetas estás hablando, Dolores? -no comprende a qué obedece este extraño comportamiento de su mujer-. Pienso hacer lo único que se me ocurre hacer con un jamón: repartÃrnoslo entre los cuatro. Pero si a ti te parece le pongo un marco y lo cuelgo en la pared.
-DeberÃas ser menos egoÃsta y pensar en tu familia, ¿sabes? Nadie va por la vida hoy en dÃa regalando jamones, asà que por lo tanto ha sido robado. Tú no estás al tanto de la ley y no sabes lo penalizado que está robar jamones. Por eso te pueden llevar a presidio para toda la vida. El jamón quedará a mi recaudo hasta que vengan a por él.
-¿Pero quién?
-¡Quien sea!
Sin muchos argumentos con que rebatir su protectora terquedad, Andrés recupera la gorra de la silla y comienza a hacerla girar pensativo.
-Hombre, si yo no digo que no esté penado. Pero si después de seis o siete horas no ha venido nadie a reclamarlo dudo mucho que ya lo haga. Ha transcurrido demasiado tiempo para...
-Es posible que nos estén dando largas para que lo devolvamos de nuestra voluntad, eso serÃa el mejor atenuante. Es muy posible que la policÃa esté vigilando la casa para ver quién entra o sale, ya sabes tú lo finos que son ellos para ciertas cosas. Paulina sabe mucho de eso y dice también...
Sintiéndose delatora deja inconclusa la frase. Andrés aprovecha y pasa al contraataque con un augurio de victoria:
-¡Vaya! -exclama con apócrifa euforia-. Ya salió doña jurista, esa cotorra chismosa. ¿No imaginas el proceder que habrÃa tenido ella, eh? Yo te lo diré: a estas horas se habrÃa comido hasta el hueso hervido con repollo.
-He dicho que el jamón no se toca y no se toca.
Transcurre todo el dÃa siguiente sin que su dueño se digne aparecer para reclamarlo. Su inconfundible olor impregna hasta el último rincón de la casa convirtiendo la boca de todos en un constante segregar de saliva, e inconscientemente los ojos se vuelven en su dirección, tapado con un paño sobre el último anaquel de la cocina, para colmo en sitio bien visible. Tuno dormita melancólico con el morro apuntando hacia allÃ, entreabre los párpados y deja escapar un suspiro.
Tampoco lo reclama nadie un dÃa después, ni al otro, ni al otro... Pasa una semana y el jamón comienza a tornarse en objeto decorativo, rezumando gotitas de grasa que apetece lamerlas. No se vuelve a mencionar una palabra del hecho ni de su aroma tan descorazonador, pero Andrés no desaprovecha ocasión para dejar caer la puntilla:
-En esta sopa no aparecen tropezones ni con un colador.
Dolores ignora la indirecta, los chicos no replican y continúan sorbiendo el aguachirle.
La mayorÃa de los almuerzos solÃa hacerlos Andrés en la serrerÃa, pero ahora dice que dispone de más tiempo libre y prefiere comer con la familia.
-Si no como pronto algo más sólido se me pegará el estómago a la rabadilla.
A la hora de la cena:
-Este dichoso olor a jamón jugoso y bien curado me está produciendo retorcijones. SerÃa aconsejable deshacerse de él cuanto antes. Siempre se ven pobres mendigos hambrientos por la calle.
Se cruzan miradas de complicidad sobre el plato, pero nadie abre la boca más que para acoger la cucharada de sopicaldo. Dolores persiste en su terco silencio sin inmutarse.
En el siguiente almuerzo la historia se repite:
-Migas..., sin otra cosa que la cuchara para acompañar. Señor, pobrecitos hijos mÃos, con esta alimentación no sé cómo consiguen crecer.
Ellos, conocedores de las intenciones de su padre con su machacona letanÃa, se sonrÃen por lo bajo con disimulo.
Después de dos semanas con semejante martirio, Dolores decide no aguantar más. Retira los platos de repente dejándolos a todos con la cuchara en la mano y los vacÃa en la marmita para otra vez.
-Ea, lo has conseguido. O empiezas ahora mismo ese condenado jamón o va derecho a la basura.
Andrés obsequia con un beso en la frente a su mujer y se lanza por él. Después de depositarlo reverencialmente sobre la mesa desaparece en el cuarto donde se afeita. Regresa con porte solemne, peinado y oliendo a loción. Un momento asà requiere cierto protocolo.
Dolores le entrega el cuchillo y se arregla también ella los mechones con los dedos. Mario y Lucio cumplen por su parte con el precepto, remetiéndose los faldones y dándose un toque de saliva por el flequillo. Presintiendo el final de un hambre que ya es como de la familia, Tuno se acerca al hermano menor y se sienta a su lado.
En el instante de introducir el cuchillo -pretendiendo tal vez que este dÃa quede perpetuado en la memoria-, Andrés se vuelve muy serio a su mujer.
-Si no estás segura aún estamos a tiempo.
Ella se persigna, entrecruza los dedos bajo la barbilla y asiente:
-Adelante, y que sea lo que Dios quiera.
Y da comienzo el festÃn.
VIDAS DE PERRO (Antonio Martos López). en este libro, encontraras partes muy divertidas otras tristes y dolorosas, ya que está basado en la vida cotidiana de algunas personas de la posguerra española.